viernes, 14 de mayo de 2010

SIEMPRE HAN SIDO LOS MÁS SABIOS, Y LO SEGUIRÁN SIENDO

Quisiera, antes de nada, dar las gracias a Vlad, uno los comentaristas que más sigue el blog, por aclarar todo lo que he querido decir en mi anterior redacción. Gracias.

Martes 20 de abril. Qué día más bonito. La verdad es que podría ser un día normal: clase, entrenamiento… pero mis martes tienen algo que el resto de días no tienen: el asilo de los ancianos. Todos los martes a las cinco de la tarde, voy con un grupo de niños de mi curso a ayudar a los viejecitos a pintar, tirar los bolos y muchas manualidades más. Este martes tocaba pintar macarrones para hacer collares. Primero teníamos que pintar la mitad de un macarrón y, una vez seco, continuar con la otra mitad, para no mancharnos las manos. Como todas las personas, los abueletes tienen cada uno su personalidad. Está el típico señor que se queja da mocidade, la señora que te sonríe, los que no hablan, el que te escupe la mandíbula postiza al hablar, el cachondo mental, la que te riñe por llevar los pantalones bajos… Yo me senté al lado de una señora muy agradable, hablaba poco, pero se reía de todo. En nuestra mesa se sentaba un señor que no paraba de hablar y otra señora con unos ojos azules impresionantes, pero muy perdidos. Doña Luisa, la señora que estaba conmigo, hablaba tan poco tan poco, y tan bajo tan bajo que me costaba entender lo que me quería decir y me pasé casi toda la hora hablándole yo a ella. La señora, con el pincel en la mano, me decía:
- ¿Mollo?
- ¿Qué me dice Luisa?
- Que si mollo na auga.
- Sí, sí claro, molle o pincel molle.
Y así, sin darme cuenta, empecé a hablarle en gallego y a tratarle de usted. A ninguna de las dos cosas estoy acostumbrada, y sin embargo no tuve problema. Normalmente, cuando me hablan en gallego, yo suelo responder en castellano, nunca entendí eso de que si te hablan en gallego tienes que responder en gallego y si hablas en castellano respondes en castellano, y si no, eres un maleducado. Entonces, ¿por qué hablaba gallego con la señora? Porque me apetecía. Porque con esta señora yo me sentí cómoda, daba igual qué hablase, me iba a entender y no me iba a exigir nada. Seguramente si mi profesor de gallego hubiese estado conmigo me hubiera corregido infinidad de palabras y expresiones. Pero donde esté la belleza del gallego de nuestros abuelos… Qué bonito sonaba… ese gallego de aldea, natural, sin ser forzado. Me giraba y hablaba con la otra señora de la mesa y lo hacía en castellano, y me giraba otra vez y con el otro señor hablaba lo que saliese. Y daba igual, todos nos entendíamos, y yo, por fin, hablé gallego porque sí, y yo, por primera vez, me sentí cómoda al hablar mi otra lengua. ESO es respeto, eso es el entendimiento, eso es el bilingüismo, y eso es la libertad.
De todo esto me di cuenta al llegar a casa. Y me alegré. Y sonreí.